Archivo | junio, 2012

Pitugangbang

25 Jun

Pitufando.

Si una película veraniega e infantil cuenta con reclamos televisivos como Neil Patrick Harris (How I Met Your Mother), Jayma Mays (Glee) y Sofía Vergara (Modern Family) ya tiene una buena recaudación asegurada. También ayuda que la cantante Katy Perry doble a uno de los personajes, pero todavía es mucho mejor si tiene unos protagonistas tan conocidos como los Pitufos, capaces de despertar la nostalgia de los papás que deciden llevar a sus hijos al cine. Con esos ingredientes –y una campaña de promoción al estilo Hollywood- no hace falta más. No importa que la animación sea mala o que la historia sea bochornosa. Los Pitufos costó 110 millones de dólares y recaudó en todo el mundo más de 500 millones.

Quizá el único arrebato de dignidad de la película es que no intenta explicar por qué los pitufos aparecen en Nueva York tras una atropellada huida de Gargamel. En Central Park se abre una especie de túnel mágico que conecta el mundo humano y el de los pitufos. Y punto, que eso ya da bastante vergüenza. Por suerte para estos pequeños seres, tras salir del túnel mágico se topan con el sufrido y bondadoso neoyorquino interpretado por Neil Patrick Harris. Éste trabaja en una empresa de cosméticos bajo las órdenes de una jefa déspota y ambiciosa a la que da vida Sofía Vergara, cuya vis cómica es lo mejor de la película. El protagonista está casado y va a tener su primer hijo con el personaje de Jayma Mays, un auténtico ángel del hogar que se dedica a ser dulce, estar embarazada y hacer bonitas manualidades.

La pareja que forman es muy poco creíble: parecen hermanos y suponemos que el hijo que esperan lo han engendrado tras acostarse una sola vez, con la ropa puesta y la luz apagada. Es habitual que las parejas en el cine infantil sean asexuadas, por lo que Los Pitufos no tendrían que ser una excepción. Por ello no se entienden las referencias sexuales en el personaje de Pitufina. Para empezar, le pone voz Katy Perry, una cantante que suele hacer gala de un erotismo lolitesco y juguetón. El momento más revelador en este sentido es quizá cuando Pitufina muestra a otros pitufos su vestido nuevo y el viento de un conducto de ventilación le levanta la falda. La escena es lo bastante conocida para justificar una referencia, incluso en una película para niños. Sin embargo, el plano que muestra a Pitufina con su falda al viento es demasiado largo y las caras que ponen los pitufos lo suficientemente exageradas como para hacer una conexión con cierto subgénero del porno, aunque el pitufo escocés acuda rápidamente a que la corriente de aire le levante el kilt.

Pitufina y el pitufo escocés con sus respectivas faldas al viento.

Dudo que el detalle de Pitufina haya pasado desapercibido a la gente involucrada en la película, porque ya existían bromas al respecto. Al fin y al cabo, los pitufos habitan en una sociedad compuesta por muchos seres con características masculinas y uno solo con aspecto femenino, algo que a muchos espectadores adultos no se les escapa. En la red hay diversos artículos humorísticos que hacen referencia a ello, y al realizar búsquedas relacionadas con los personajes no es difícil toparse con parodias subidas de tono. Además, en la película Donnie Darko, que es relativamente conocida, los personajes discuten sobre la vida sexual de estos pequeños seres azules. Ante las elucubraciones de sus amigos, Donnie defiende que los pitufos son asexuales. “¡Ni siquiera tienen órganos reproductores bajo esos pantaloncitos blancos!”, exclama. Si le hacemos caso -desde luego se muestra muy seguro y logra convencer a los demás- podríamos pensar que ese aspecto de los pitufos de la película se debe a que imitan el comportamiento humano, aunque sin duda no será el de la sosa pareja de protagonistas… ¿Lo habrán aprendido en Internet?

Título original: The Smurfs

Año: 2011

Ficha en IMDb

La camarera y el político

18 Jun

Es terrible que algunas películas desvelen todo su argumento en su tráiler, algo por desgracia muy habitual. Hay otras, unas pocas elegidas, que van todavía más allá y desvelan su argumento en el cartel. Sucedió en Manhattan (Maid in Manhattan) es una de ellas. En la parte de debajo del póster aparece Jennifer López vestida de empleada de la limpieza con expresión soñadora y en la parte de arriba ella misma con joyas, un elegante peinado y un apuesto galán interpretado por Ralph Fiennes, que no sabemos muy bien qué pinta en todo esto.

La historia de amor entre una empleada de la limpieza y un político seductor que se aloja en el hotel donde ella trabaja ya resultaba inocentona cuando se estrenó en 2002. Pero esta película se convierte en una broma algo oscura después de que en mayo de 2011 el entonces director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, fuera acusado de agredir sexualmente a una empleada de hotel en Manhattan. Ello le costó su puesto al frente de la institución y una candidatura a las presidenciales francesas. Al aspirante a congresista de la película, movido por la falta de prejuicios y el amor puro, la jugada le sale mejor: si algo nos ha enseñado el cine es que las buenas conductas se premian y las malas se castigan.

Por si hacer de Cenicienta no fuera suficiente, el personaje de Jennifer López es una madre divorciada y el conjunto se adereza con su hijo, un niño sabelotodo y algo repelente. Los niños suelen ser así en las comedias malas –y en algunas decentes-, en las que gracias a su inconsciencia infantil dicen lo que los adultos no son capaces de pronunciar. Para la desazón del público, resulta que el crío de la película es además un obseso de la política norteamericana y en especial de Richard Nixon. Una elección llamativa por lo controvertido de su figura, marcada por el escándalo Watergate, pero ya se sabe, cosas de niños. El político republicano interpretado por Fiennes encuentra entrañable esta fijación de la criatura y le da valiosos consejos sobre cómo pronunciar un discurso.

Aunque la química entre la pareja protagonista sea nula, me sorprende leer que para el papel femenino se pensó en Hillary Swank, Sandra Bullock o Julia Roberts. Por muy célebre que sea la interpretación de Roberts en otra versión de La Cenicienta, la elección de Jennifer López para el papel resulta mucho más acertada. Al igual que la protagonista de la cinta, es de origen puertorriqueño, se crió en el Bronx y sabe lo que es ascender de clase social, aunque no lo hiciera a gracias a su pareja. López es consciente de que su historia la hace conectar muy bien con determinado sector del público y por eso suele reivindicar su procedencia, no sólo en la película, también en anuncios o en sus canciones: “Don’t be fooled by the rocks that I got / I’m still, I’m still, Jenny from the block / used to have a little, now I have a lot / no matter where I go, I know where I come from” (Que no te engañen las joyas que he conseguido / soy todavía la Jenny del barrio / tenía poco y ahora tengo mucho / no importa a dónde vaya, sé de dónde vengo), cantaba en uno de sus grandes éxitos.

Ralph Fiennes y Jennifer López se sienten algo incómodos en Central Park.

Título original: Maid in Manhattan

Año: 2002

Ficha en IMDb

Las entrañas podridas de la ciudad

11 Jun

El protagonista de la película, interpretado por Bradley Cooper, se aferra a su cámara de fotos conmocionado por los horrores que acaba de contemplar en el metro: un asesinato y la pésima traducción de “Stand clear of doors” por “Soporte claro de puertas”.

Las películas que exploran la fascinación por observar e inmortalizar un crimen a través de la fotografía o el vídeo son casi un subgénero del cine de suspense y de terror, con ejemplos tan célebres como La ventana indiscreta, Peeping Tom o Tesis. A primera vista, El vagón de la muerte (Midnight Meat Train), que narra cómo un fotógrafo descubre por azar en el metro a un posible asesino y se obsesiona con él, podría ir por la misma senda. Sin embargo, pertenece más bien al subgénero de personaje normal que comienza a hacer sinsentidos como perseguir por su cuenta a un villano y por el camino descubre que cuenta con magníficas cualidades deductivas y físicas, un tipo de argumento también muy célebre en el cine de terror y suspense.

Otro aspecto que llama a engaño es que en las reseñas se hable de un “fotógrafo neoyorquino”. El metro de Nueva York es antiguo, estrecho y laberíntico. Está sucio y en mal estado y cuenta con estaciones abandonadas. Funciona las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, por lo que ciertas estaciones a ciertas horas tienen un ambiente poco recomendable. Es un escenario excelente para una trama de terror, pero cualquier sistema de metro lo es por lo que tiene de simbólico: evoca una suerte de descenso a los infiernos, a las entrañas podridas de la ciudad. Quizá por ello, porque cualquier metro es un buen escenario y porque rodar en el de Los Ángeles resultaba mucho más barato, los responsables de la película decidieron trasladarse a la otra costa.

Sin embargo, El vagón de la muerte juega a la ambigüedad: la ciudad no se nombra y aparecen algunas referencias al metro neoyorquino, como la existencia de trenes locales y exprés o el abandono de la City Hall Station. Pero con las estaciones no hay lugar a engaño: al contrario que las de Nueva York, las que aparecen en la película son nuevas y grandes. Éstas le sientan muy bien a la historia, ya que tienen un tono moderno, limpio y aséptico, como de sala de disección o de depósito de cadáveres, que encaja estupendamente con el “meat train” que el título en inglés anticipaba.

Las estaciones faraónicas de Los Ángeles.

Gracias a detalles como ése, la atmósfera resulta algo obvia pero está muy bien conseguida. La mayor parte de la cinta transcurre en interiores claustrofóbicos, en habitaciones que evocan los vagones del subterráneo al contar con ventanas que dejan pasar una luz fría y mortecina. Se nota que cuenta con profesionales y dinero. Es una lástima que los personajes estén mal construidos y que la trama avance dando bandazos. Además, la historia no se deja ningún cliché: está el asesino frío y meticuloso, el policía incrédulo, el protagonista curioso que se mete en problemas, su preocupada novia, su amigo fiel y un cocinero del bar al que acuden, que sirve para meter con calzador un par de momentos cómicos.

El vagón de la muerte circula por esas vías durante la mayor parte de su metraje, por lo que era de esperar un final previsible y manido como el resto. Para el pasmo del espectador, da un sorprendente giro en los últimos minutos. Un giro tan arriesgado, desvergonzado y rocambolesco que aunque no salva la película –es insalvable- sí que nos hace sentir algo de respeto hacia un cineasta que se atreve a terminar su obra de ese modo. 

Título original: Midnight Meat Train

Año: 2008

Ficha en IMDb

Amores estacionales

4 Jun

Richard Gere y Winona Ryder, los endebles pilares de la película.

Otoño en Nueva York es una de las primeras películas que recuerdo haber visto con corta edad y siendo consciente de que era mala. Al revisionarla para escribir esto mis sentimientos no cambian. Las espectaculares imágenes de Nueva York son prácticamente lo único bueno de una cinta previsible que se apoya sólo en dos pilares: Richard Gere y Winona Ryder. En ocasiones, los intérpretes pueden contribuir a mejorar un desaguisado, pero no es el caso. Ambos sobreactúan y no hay por dónde coger esta historia, que ya partía de una premisa simple y familiar: un amor a contracorriente -en este caso por la diferencia de edad de los protagonistas- y marcado por la fatalidad.

Winona Ryder tiene una cara muy bonita y dulce, con un marcado aire juvenil. Luce el cabello corto y oscuro, lo que contrasta con su piel blanca y la hace parecer frágil y aniñada. Podría resultar encantadora con muy poco esfuerzo. Podría resultar encantadora sin hacer absolutamente nada. Sin embargo, se empeña en ofrecernos un catálogo de mohínes pretendidamente coquetos que no entendemos cómo pueden enamorar al personaje de Richard “corazón de piedra” Gere. A éste, que hace el papel de un millonario sofisticado y seductor, le ocurre algo similar: objetivamente es un madurito atractivo, pero tiene una pose cutre de tipo duro que no contribuye a hacerlo interesante.

El origen del destino trágico de la pareja -una enfermedad que padece ella-, se desvela bastante al inicio de la cinta, pero se intuye desde el título, ya que el otoño está cargado de connotaciones. Todas las estaciones lo están y el cine sabe sacar partido a esos recursos. La película sería una buena base para un ejercicio de estilo, si fuera posible trasladar a los personajes a otras épocas del año. Primavera en Nueva York sería una historia almibarada con final feliz, más insoportable si cabe que la original, por lo que no hay mucho que decir al respecto. En Verano en Nueva York los personajes vivirían como es obvio un amor de verano, pero no necesariamente en el sentido de efímero que se le da a la expresión. Podría ser un amor de verano sudoroso, en el que las pieles húmedas y brillantes de los personajes nos hicieran pensar que acaban de tener sexo. Una película erótica.

Invierno en Nueva York sería quizá la versión más compleja: podría mostrar un amor tormentoso y difícil, pero también un amor dulzón de abrazos al calor de la chimenea, perfecto para la temporada navideña. De optar por la opción amable, la película nos podría proporcionar algunas situaciones cómicas -con gran riesgo de dar vergüenza ajena-, como una escena en la que los amantes se desembarazarían de capas y capas de ropa antes de meterse en la cama. A diferencia de las otras, estaría rodada casi toda en interiores: el invierno en las ciudades, como decía Ángel González en uno de sus poemas, no ofrece muchos lugares propicios al amor.

El invierno en la ciudad, versión navideña.

Título original: Autumn in New York

Año: 2000

Ficha en IMDb