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(No es oro) todo lo que brilla

5 May

Para ver Glitter sin chantaje o coacción de por medio se necesita un estómago fuerte como el de Alba Y. (Producto Musical Bruto). La proeza se merecía resucitar el blog con este post invitado.

Las películas protagonizadas por cantantes famosos metidos a actores no son cosa nueva: prácticamente desde que el cine es cine (sonoro), productores, directores y (al parecer no siempre) guionistas han estado al quite para aprovechar la fama de la estrella musical del momento y asegurarse un taquillazo a costa de fans fatales y otros incautos. La susodicha estrella, por su parte, aprovecha el paso del Pisuerga por Valladolid para promocionar algún disco que casualmente sale en las mismas fechas en las que se estrena la película: PLANAZO.

Desde Elvis hasta Manolo Escobar, pasando por Britney Spears, Björk (que debería rodar otra película solo para volver a acudir a la gala de los Oscar vestida de cisne) Madonna, e incluso Dani Martín (sí, eso ha pasado), decenas de cantantes han tenido sus noventa minutos de estrellato cinematográfico, que en muchos casos se han saldado con más pena (sobre todo para los espectadores) que gloria. Es el caso de Mariah Carey en Glitter, su primera incursión en el cine como protagonista (ya que anteriormente había tenido un pequeño papel en El soltero, innecesario remake de Siete ocasiones de Buster Keaton).

En una entrevista concedida a finales del año pasado a un programa de la televisión estadounidense, Mariah Carey (a la que admiro porque es una mamarracha que no se avergüenza de serlo) admitía que Glitter había sido la mayor equivocación de su carrera, y bromeaba diciendo que la película no tenía guión. Yo esa broma me la tomaría muy en serio. Y es que el principal problema de Glitter, que en España llevó el subtítulo “todo lo que brilla” en un agudo guiño al dicho popular “no es oro todo lo que reluce”, es la desidia. La pereza parece ser la filosofía de base de un filme que descuida todos los aspectos de la preproducción, producción e incluso de la posproducción para convertirse en el equivalente cinematográfico de salir de fiesta en pijama y pantuflas.

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Billie Frank, adelantándose 15 años a la fundación del equipo ciclista de Seguros Vitalicio.

En fin, pongámonos en situación. Glitter narra la historia de Billie Frank, una pobre niña huérfana (que no es realmente huérfana sino hija de una cantante de jazz un poco alcohólica) que crece en un hospicio de Nueva York hasta convertirse en una atractiva jovencita con una rango vocal de cinco octavas completas (si no sabíais esto sobre Mariah Carey es que no habéis visto lo suficiente la MTV) dispuesta a comerse el mundo. Y como todos sabemos que Nueva York es la ciudad en la que se cumplen los sueños, se lo come. Tras pasar una temporada ejerciendo de bailarina y corista en clubes, acompañada de sus dos superamigas del hospicio, Billie es descubierta por Dice, un DJ al que suliveya con sus cinco octavas y sus encantos de mujer y que le hará un doble apaño, convirtiéndose en su pareja y su productor (esto no creo que esté basado en el matrimonio de Mariah Carey con Tommy Mottola ni mucho menos).

Pero habéis acertado: todo sueño tiene su reverso, cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir, no es oro todo lo que reluce, etc. Efectivamente, es empezar a petarlo y deteriorarse las relaciones de Billie con todos los que la rodean. Los ricos (en realidad Billie ha llegado como mucho a clase media alta, pero diremos ricos) también lloran. Billie se pregunta qué habrá sido de su madre (tampoco se lo pregunta mucho, apenas de pasada, supongo que fruto del momento fugaz en el que el guionista recordó esa parte de la trama), Dice empieza a mostrarse inseguro y arisco con ella, sus amigas parecen darle la espalda… un dramón. A todo esto, una oscura deuda contraída por el ex DJ con otro productor amenaza con destruir todo aquello por lo que ambos han luchado, que es básicamente una carrera de éxito en la que ella no tenga que enseñar las tetas para triunfar pero él pueda ir absurdamente descamisado a las entregas de premios.

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En esta pareja solo uno de los dos puede enseñar pechuga.

Todo este marasmo de subtramas es manejado por el director Vondie Curtis Hall con una falta de pericia difícil de describir que, junto al resto de deméritos de la película – como el hecho de ser una producción del 2000 que se desarrolla en 1983 pero parece ambientada en los 90, ofrecer unas interpretaciones que recibirían abucheos en una función de fin de curso y, en resumen, rezumar cutrez por los cuatro costados – hicieron a Glitter merecedora de seis nominaciones a los Razzie, de los cuales curiosamente solo se llevó uno, el de la propia Mariah Carey como peor actriz, contra los cinco (incluyendo peor película) de Freddy el colgao, cuya deplorabilidad solo soy capaz de atisbar.

Para que no parezca que me estoy ensañando gratuitamente con Glitter, diré que la primera media hora es entretenida, a pesar de sus múltiples carencias: durante un momento alcanza ese nivel totalmente deseable en las películas malas en el que llegan a ser paradójicamente buenas por arte y gracia de la vergüenza ajena que provocan en el espectador. El ascenso a la fama de Billie Frank, aderezado con un tono irónico probablemente involuntario, produce situaciones divertidas y es relativamente fácil de ver. A partir de ahí la película empieza a tomarse en serio a sí misma y solo quieres que tu sufrimiento acabe pronto.

El gran final, con Billie Frank triunfando lo más grande en un supuesto Madison Square Garden que bien podría ser un polideportivo de Cuenca con unas telas de brilli-brilli, es un bálsamo para el osado espectador que ha aguantado hasta el final. La buena noticia es que hay vida después de Glitter. Si Mariah Carey pudo retomar su camino como actriz saliendo feúcha en Precious (es bien sabido que cuando un actor se afea para una película está diciendo “voy en serio”), tú, espectador, también puedes salir a flote después de ver este engendro. Esa es, en realidad, la gran lección que enseña esta película: una vez que has tocado fondo, solo puedes ir a mejor.

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Mariah Carey, de feeta, cosechando la suerte que deseaba de guapa.

Título original: Glitter

Año: 2001

Ficha en IMDb

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Sorpresas te da la vida

3 Feb

Tengo un vago recuerdo de haber visto Muévete, esto es Nueva York dormitando en el sofá durante una plácida sobremesa. Es la película perfecta para ello: simple, blandita, agradable, no te hace pensar mucho pero no resulta demasiado ofensiva y se ve con cierto agrado. En este sentido es una buena mala película: consciente de lo que es y de sus limitaciones, se burla de sí misma.

La protagonizan las gemelas Olsen, que obviamente interpretan a un par de gemelas. A pesar de tener idénticos genes, las hermanas de la cinta no podrían ser más distintas. Una de ellas es una estudiante modelo, viste de rosa, se prepara discursos y es republicana. Republicana estadounidense: tiene en su cuarto un muñequito de George Bush Hijo y una foto con un actor y político muy querido por la autora de este blog, Arnold Schwarzenegger. La otra gemela viste de negro, es una gamberra y solamente está preocupada por la música rock.

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Es gracioso porque son iguales y diferentes a la vez.

Cuando comienza la película, el montaje y la escenografía acentúan lo diferentes que son las gemelas y sus intenciones. Una se prepara un discurso para obtener una beca para estudiar en Oxford y la otra quiere ver un rodaje de un vídeo de Simple Plan y de paso intentar colarles una maqueta. Una vive en una habitación rosa ordenada hasta extremos obsesivos y la otra en una cueva sucia y oscura. ¿Dónde podrían converger los destinos de estos personajes con objetivos tan dispares? Exacto. En Nueva York, donde se hacen las pruebas para la beca y se rueda el vídeo.

Allí se verán envueltas en una rocambolesca trama con la mafia china de por medio, en las que las persigue un malo interpretado por Eugene Levy, un actor conocido por hacer el papel del padre de Jim en las películas de la saga American Pie. A favor de este atentado contra el buen gusto se puede decir que está rodado con cierto brío: tiene un toque videoclipero -está dirigido a un público juvenil- que lo hace entretenido. Y siempre es un placer ver imágenes de Nueva York.

Las gemelas Olsen me dan algo de grima pero a la vez -y en parte por eso- me declaro fan de ellas. Al contrario que otros niños perdidos como Macaulay Culkin o Lindsay Lohan, han sabido reconducir su fama y rentabilizarla. Muévete, esto es Nueva York es su última película. Cuando la rodaron tenían 17 años y fueron nominadas a los premios Razzie. Estaba claro que su éxito radicaba en la gracia de ser gemelas y no en sus dotes para la actuación. Y basar tu participación en películas en la gracia de tener una gemela es una cosa que con la edad deja de ser rentable, a no ser que te dediques al porno.

Esto a las Olsen se les podría haber ido de las manos.

Esto se les podría haber ido de las manos.

Antes de que su carrera de actrices acabara con ellas o las llevara a terrenos demasiado sórdidos, las gemelas se pasaron al mundo de la moda, aprovechando sus contactos, la atención que recibían de los medios de comunicación y su particular sentido estético. Si soy fan de las gemelas no es por su faceta empresarial, es en gran parte por sus elecciones estéticas Man Repeller. Admiro que se dejen un pastón en ropa para parecer espantajos y no mujeres cañón, como intenta sin éxito Lohan.

Los precedentes nos hicieron imaginar un destino muy distinto para las gemelas. Las veíamos drogadictas perdidas, de fiesta en fiesta y trabajando más bien poco. Yendo quizás a algún reality y haciendo apariciones como artistas invitadas, por ejemplo en Dos hombres y medio en la época de Charlie Sheen. Probablemente ellas se imaginaron un futuro mejor, un futuro con una larga carrera como actrices, premios y felices matrimonios con jóvenes ricos de aspecto sanote, como los que encuentran en la película.

Lo que probablemente nadie imaginó es que algún día serían prósperas empresarias en la moda de lujo, especialmente porque su entrada en el sector textil fue en 2005, cuando sacaron una línea de ropa para preadolescentes que distribuyó Alcampo (clic aquí para leer la nota de prensa). Tampoco creo que Mary-Kate se imaginara saliendo con el hermano de Nicolás Sarkozy, y ahí están inmortalizados paseando por Nueva York junto a la hija de éste. Es un tópico tan manido como decir que la fama tiene un lado oscuro, pero no por ello deja de ser cierto: la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

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Mary-Kate fuma pero no espera a nadie.

Título original: New York Minute

Año: 2004

Ficha en IMDb

Paradojas de una TV movie

27 Ago
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Dan miedo.

Las películas rodadas para televisión son casi un género en sí mismas. Hay excepciones, como las del canal HBO o la BBC, pero la mayoría de películas para televisión se caracterizan por su bajo presupuesto, sus personajes poco desarrollados y su mala calidad. También es cierto que pueden resultar muy entretenidas y que saben pulsar ciertos resortes morbosos que a veces logran pegarnos a la pantalla. Estoy convencida de que ese éxito está relacionado también con la hora en la que las programan. Esos sábados o domingos por la tarde, después de comer o durante una resaca, en los que adormecidos y desprevenidos espectadores se encuentran por ejemplo con Ratas en Manhattan (The Rats), que Cuatro programó un domingo a las 19 horas.

La sinopsis de esta película crea falsas expectativas, en especial si es tan evocadora como la que Cuatro ofrecía en su web, en la que hablaba de ratas “manipuladas genéticamente y más violentas que nunca” que llegan a Nueva York “para causar el pánico en plenas fiestas navideñas”. Según la descripción, el protagonista masculino “es el único hombre capaz de hacer frente a una colonia de semejantes dimensiones” a pesar de que no está preparado “para luchar contra esta especie aparentemente indestructible que está sembrando la muerte por las esquinas de la Gran Manzana”. Con este argumento y teniendo en cuenta su bajo presupuesto, Ratas en Manhattan presagiaba deliciosos horrores. Sin embargo, está demasiado bien hecha, algo que juega en contra de una TV movie que parte de una premisa tan disparatada como ésta.

Da la impresión de que el presupuesto no es tan bajo. La cinematografía es decente, los actores actúan con dignidad –teniendo en cuenta el guión que les ha tocado- y las ratas están sorprendentemente bien hechas gracias a una combinación de criaturas reales y animación digital. Como rodar en Nueva York debe ser más caro que generar a los animalillos, se ve poco de la ciudad: apenas un par de planos de calles transitadas que podrían ser de Nueva York o de Baltimore, y otro par de planos de la estatua de la Libertad, de los cuales uno está claramente generado por ordenador.

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El clímax de la película tiene lugar en una piscina llena de ratas chillonas generadas por ordenador.

Lo peor de la película es paradójicamente lo mejor de ésta, como su estética cutre de principios de los noventa –a pesar de ser de 2002- o algunos gadgets rídiculos que emplean los personajes para investigar la invasión de ratas y terminar con ellas. También cuenta con algunos momentos destacables, como primeros planos a los ojillos vengativos de uno de los roedores, las ratas devorando a un señor que ha tratado mal a una de ellas o el glorioso clímax, que tiene lugar en una piscina llena de miles de animalillos chillones. A pesar de todo ello, Ratas en Manhattan es dura de ver. Tiene poco ritmo, la trama tiene demasiados diálogos innecesarios y se hace aburrida. Y si hay algo imperdonable para una película no es que sea mala, es que sea aburrida.

Título original: The rats

Año: 2002

Ficha en IMDb

La camarera y el político

18 Jun

Es terrible que algunas películas desvelen todo su argumento en su tráiler, algo por desgracia muy habitual. Hay otras, unas pocas elegidas, que van todavía más allá y desvelan su argumento en el cartel. Sucedió en Manhattan (Maid in Manhattan) es una de ellas. En la parte de debajo del póster aparece Jennifer López vestida de empleada de la limpieza con expresión soñadora y en la parte de arriba ella misma con joyas, un elegante peinado y un apuesto galán interpretado por Ralph Fiennes, que no sabemos muy bien qué pinta en todo esto.

La historia de amor entre una empleada de la limpieza y un político seductor que se aloja en el hotel donde ella trabaja ya resultaba inocentona cuando se estrenó en 2002. Pero esta película se convierte en una broma algo oscura después de que en mayo de 2011 el entonces director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, fuera acusado de agredir sexualmente a una empleada de hotel en Manhattan. Ello le costó su puesto al frente de la institución y una candidatura a las presidenciales francesas. Al aspirante a congresista de la película, movido por la falta de prejuicios y el amor puro, la jugada le sale mejor: si algo nos ha enseñado el cine es que las buenas conductas se premian y las malas se castigan.

Por si hacer de Cenicienta no fuera suficiente, el personaje de Jennifer López es una madre divorciada y el conjunto se adereza con su hijo, un niño sabelotodo y algo repelente. Los niños suelen ser así en las comedias malas –y en algunas decentes-, en las que gracias a su inconsciencia infantil dicen lo que los adultos no son capaces de pronunciar. Para la desazón del público, resulta que el crío de la película es además un obseso de la política norteamericana y en especial de Richard Nixon. Una elección llamativa por lo controvertido de su figura, marcada por el escándalo Watergate, pero ya se sabe, cosas de niños. El político republicano interpretado por Fiennes encuentra entrañable esta fijación de la criatura y le da valiosos consejos sobre cómo pronunciar un discurso.

Aunque la química entre la pareja protagonista sea nula, me sorprende leer que para el papel femenino se pensó en Hillary Swank, Sandra Bullock o Julia Roberts. Por muy célebre que sea la interpretación de Roberts en otra versión de La Cenicienta, la elección de Jennifer López para el papel resulta mucho más acertada. Al igual que la protagonista de la cinta, es de origen puertorriqueño, se crió en el Bronx y sabe lo que es ascender de clase social, aunque no lo hiciera a gracias a su pareja. López es consciente de que su historia la hace conectar muy bien con determinado sector del público y por eso suele reivindicar su procedencia, no sólo en la película, también en anuncios o en sus canciones: “Don’t be fooled by the rocks that I got / I’m still, I’m still, Jenny from the block / used to have a little, now I have a lot / no matter where I go, I know where I come from” (Que no te engañen las joyas que he conseguido / soy todavía la Jenny del barrio / tenía poco y ahora tengo mucho / no importa a dónde vaya, sé de dónde vengo), cantaba en uno de sus grandes éxitos.

Ralph Fiennes y Jennifer López se sienten algo incómodos en Central Park.

Título original: Maid in Manhattan

Año: 2002

Ficha en IMDb

Las entrañas podridas de la ciudad

11 Jun

El protagonista de la película, interpretado por Bradley Cooper, se aferra a su cámara de fotos conmocionado por los horrores que acaba de contemplar en el metro: un asesinato y la pésima traducción de “Stand clear of doors” por “Soporte claro de puertas”.

Las películas que exploran la fascinación por observar e inmortalizar un crimen a través de la fotografía o el vídeo son casi un subgénero del cine de suspense y de terror, con ejemplos tan célebres como La ventana indiscreta, Peeping Tom o Tesis. A primera vista, El vagón de la muerte (Midnight Meat Train), que narra cómo un fotógrafo descubre por azar en el metro a un posible asesino y se obsesiona con él, podría ir por la misma senda. Sin embargo, pertenece más bien al subgénero de personaje normal que comienza a hacer sinsentidos como perseguir por su cuenta a un villano y por el camino descubre que cuenta con magníficas cualidades deductivas y físicas, un tipo de argumento también muy célebre en el cine de terror y suspense.

Otro aspecto que llama a engaño es que en las reseñas se hable de un “fotógrafo neoyorquino”. El metro de Nueva York es antiguo, estrecho y laberíntico. Está sucio y en mal estado y cuenta con estaciones abandonadas. Funciona las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, por lo que ciertas estaciones a ciertas horas tienen un ambiente poco recomendable. Es un escenario excelente para una trama de terror, pero cualquier sistema de metro lo es por lo que tiene de simbólico: evoca una suerte de descenso a los infiernos, a las entrañas podridas de la ciudad. Quizá por ello, porque cualquier metro es un buen escenario y porque rodar en el de Los Ángeles resultaba mucho más barato, los responsables de la película decidieron trasladarse a la otra costa.

Sin embargo, El vagón de la muerte juega a la ambigüedad: la ciudad no se nombra y aparecen algunas referencias al metro neoyorquino, como la existencia de trenes locales y exprés o el abandono de la City Hall Station. Pero con las estaciones no hay lugar a engaño: al contrario que las de Nueva York, las que aparecen en la película son nuevas y grandes. Éstas le sientan muy bien a la historia, ya que tienen un tono moderno, limpio y aséptico, como de sala de disección o de depósito de cadáveres, que encaja estupendamente con el “meat train” que el título en inglés anticipaba.

Las estaciones faraónicas de Los Ángeles.

Gracias a detalles como ése, la atmósfera resulta algo obvia pero está muy bien conseguida. La mayor parte de la cinta transcurre en interiores claustrofóbicos, en habitaciones que evocan los vagones del subterráneo al contar con ventanas que dejan pasar una luz fría y mortecina. Se nota que cuenta con profesionales y dinero. Es una lástima que los personajes estén mal construidos y que la trama avance dando bandazos. Además, la historia no se deja ningún cliché: está el asesino frío y meticuloso, el policía incrédulo, el protagonista curioso que se mete en problemas, su preocupada novia, su amigo fiel y un cocinero del bar al que acuden, que sirve para meter con calzador un par de momentos cómicos.

El vagón de la muerte circula por esas vías durante la mayor parte de su metraje, por lo que era de esperar un final previsible y manido como el resto. Para el pasmo del espectador, da un sorprendente giro en los últimos minutos. Un giro tan arriesgado, desvergonzado y rocambolesco que aunque no salva la película –es insalvable- sí que nos hace sentir algo de respeto hacia un cineasta que se atreve a terminar su obra de ese modo. 

Título original: Midnight Meat Train

Año: 2008

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Amores estacionales

4 Jun

Richard Gere y Winona Ryder, los endebles pilares de la película.

Otoño en Nueva York es una de las primeras películas que recuerdo haber visto con corta edad y siendo consciente de que era mala. Al revisionarla para escribir esto mis sentimientos no cambian. Las espectaculares imágenes de Nueva York son prácticamente lo único bueno de una cinta previsible que se apoya sólo en dos pilares: Richard Gere y Winona Ryder. En ocasiones, los intérpretes pueden contribuir a mejorar un desaguisado, pero no es el caso. Ambos sobreactúan y no hay por dónde coger esta historia, que ya partía de una premisa simple y familiar: un amor a contracorriente -en este caso por la diferencia de edad de los protagonistas- y marcado por la fatalidad.

Winona Ryder tiene una cara muy bonita y dulce, con un marcado aire juvenil. Luce el cabello corto y oscuro, lo que contrasta con su piel blanca y la hace parecer frágil y aniñada. Podría resultar encantadora con muy poco esfuerzo. Podría resultar encantadora sin hacer absolutamente nada. Sin embargo, se empeña en ofrecernos un catálogo de mohínes pretendidamente coquetos que no entendemos cómo pueden enamorar al personaje de Richard “corazón de piedra” Gere. A éste, que hace el papel de un millonario sofisticado y seductor, le ocurre algo similar: objetivamente es un madurito atractivo, pero tiene una pose cutre de tipo duro que no contribuye a hacerlo interesante.

El origen del destino trágico de la pareja -una enfermedad que padece ella-, se desvela bastante al inicio de la cinta, pero se intuye desde el título, ya que el otoño está cargado de connotaciones. Todas las estaciones lo están y el cine sabe sacar partido a esos recursos. La película sería una buena base para un ejercicio de estilo, si fuera posible trasladar a los personajes a otras épocas del año. Primavera en Nueva York sería una historia almibarada con final feliz, más insoportable si cabe que la original, por lo que no hay mucho que decir al respecto. En Verano en Nueva York los personajes vivirían como es obvio un amor de verano, pero no necesariamente en el sentido de efímero que se le da a la expresión. Podría ser un amor de verano sudoroso, en el que las pieles húmedas y brillantes de los personajes nos hicieran pensar que acaban de tener sexo. Una película erótica.

Invierno en Nueva York sería quizá la versión más compleja: podría mostrar un amor tormentoso y difícil, pero también un amor dulzón de abrazos al calor de la chimenea, perfecto para la temporada navideña. De optar por la opción amable, la película nos podría proporcionar algunas situaciones cómicas -con gran riesgo de dar vergüenza ajena-, como una escena en la que los amantes se desembarazarían de capas y capas de ropa antes de meterse en la cama. A diferencia de las otras, estaría rodada casi toda en interiores: el invierno en las ciudades, como decía Ángel González en uno de sus poemas, no ofrece muchos lugares propicios al amor.

El invierno en la ciudad, versión navideña.

Título original: Autumn in New York

Año: 2000

Ficha en IMDb