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Frankenputa

2 Ene
Frankenhooker considera que el transporte público en Nueva York podría mejorar.

Frankenhooker considera que el transporte público en Nueva York podría mejorar.

Por su carácter icónico, Times Square es un lugar de visita obligada para todos los turistas que se acercan a Nueva York. Sus numerosos estímulos -luces, sonidos, grandes pantallas, olor a fritanga- lo convierten en un lugar bastante hostil, aunque tiene cierto encanto distópico. Viéndolo ahora, con su Toys R Us gigante, su Hard Rock Café, sus Starbucks y su ambiente family and credit card friendly, cuesta creer que hasta los años noventa fuera un lugar poco recomendable, en el que las transacciones económicas y las ofertas de ocio eran muy distintas de las que hay ahora.

El cine nos ha ofrecido varias muestras de ello. Es en Times Square donde el ingenuo protagonista de Midnight Cowboy encuentra clientes cuando se halla en apuros económicos. Es en Times Square donde Iris, una prostituta de trece años, abre la puerta de un taxi y le pide al conductor que la aleje de su chulo. Es en Times Square donde el protagonista de Frankenhooker busca meretrices para obtener cuerpos con los que reconstruir y revivir a su novia fallecida. Es allí donde se dirige su novia revivida cuando ya no es una dulce chica de Nueva Jersey, sino todo un putón neoyorquino. Y es que las malas películas, por malas que sean, también son un testimonio histórico.

Buscando clientes en Times Square.

Buscando clientes en Times Square.

Como se intuye por su título y su argumento, Frankenhooker rezuma mal gusto por todos lados. Además, es de 1990, pero es hija legítima de los años ochenta en el mal sentido. Su estética, banda sonora y efectos especiales la delatan de la peor forma posible. Pertenece al momento en el que se popularizaron las películas algo subidas de tono sobre locuras estudiantiles y se dirige al mismo público que éstas, con las que comparte un tratamiento en apariencia despreocupado del sexo -hay tetas y culos por doquier- pero en el fondo conservador.

Se podría hacer un análisis de la película desde una perspectiva de género y recorrer muchos de las los aspectos que preocupan a la crítica feminista. ¿Frivolizar con pésimo gusto acerca de la prostitución? Aquí tenemos prostitutas muy tontas, impulsivas y chillonas. ¿Frivolizar sobre los motivos para ejercer esta labor? Se vuelven locas de contento ante la posibilidad de fumar crack o cuando ven a alguien airear un fajo de billetes. ¿Violencia contra la mujer? Hay un chulo que no solamente les da palizas, las marca como si fueran ganado. ¿Objetificación del cuerpo femenino? Tenemos una larga escena en la que el protagonista analiza, elige y marca con rotulador las partes de los cuerpos que prefiere para reconstruir a su novia. Cuando las prostitutas explotan por la droga que él les suministra, recoge los pedazos y se los lleva a su laboratorio en Nueva Jersey para crear a Frankenhooker con los que más le gustan.

Este culo me gusta.

I like big butts.

Si la perspectiva de género es terrible, no lo es menos la perspectiva cinematográfica. Los diálogos son malos y aburridos, las escenas gore ni siquiera son especialmente asquerosas ni divertidas y los actores son pésimos, a excepción de Patty Mullen, la atractiva modelo de Penthouse que interpreta a Frankenhooker con cierta vis cómica. Pero en conjunto es una película demasiado mala hasta para ser de serie B. Una cinta de nuevo hija de su época, cuando el vídeo y los videoclubes dieron un canal de distribución perfecto para productos de tan baja calidad y tan particulares como éste.

Título original: Frankenhooker

Año: 1990

Ficha en IMDb

Paradojas de una TV movie

27 Ago
The_Rats

Dan miedo.

Las películas rodadas para televisión son casi un género en sí mismas. Hay excepciones, como las del canal HBO o la BBC, pero la mayoría de películas para televisión se caracterizan por su bajo presupuesto, sus personajes poco desarrollados y su mala calidad. También es cierto que pueden resultar muy entretenidas y que saben pulsar ciertos resortes morbosos que a veces logran pegarnos a la pantalla. Estoy convencida de que ese éxito está relacionado también con la hora en la que las programan. Esos sábados o domingos por la tarde, después de comer o durante una resaca, en los que adormecidos y desprevenidos espectadores se encuentran por ejemplo con Ratas en Manhattan (The Rats), que Cuatro programó un domingo a las 19 horas.

La sinopsis de esta película crea falsas expectativas, en especial si es tan evocadora como la que Cuatro ofrecía en su web, en la que hablaba de ratas “manipuladas genéticamente y más violentas que nunca” que llegan a Nueva York “para causar el pánico en plenas fiestas navideñas”. Según la descripción, el protagonista masculino “es el único hombre capaz de hacer frente a una colonia de semejantes dimensiones” a pesar de que no está preparado “para luchar contra esta especie aparentemente indestructible que está sembrando la muerte por las esquinas de la Gran Manzana”. Con este argumento y teniendo en cuenta su bajo presupuesto, Ratas en Manhattan presagiaba deliciosos horrores. Sin embargo, está demasiado bien hecha, algo que juega en contra de una TV movie que parte de una premisa tan disparatada como ésta.

Da la impresión de que el presupuesto no es tan bajo. La cinematografía es decente, los actores actúan con dignidad –teniendo en cuenta el guión que les ha tocado- y las ratas están sorprendentemente bien hechas gracias a una combinación de criaturas reales y animación digital. Como rodar en Nueva York debe ser más caro que generar a los animalillos, se ve poco de la ciudad: apenas un par de planos de calles transitadas que podrían ser de Nueva York o de Baltimore, y otro par de planos de la estatua de la Libertad, de los cuales uno está claramente generado por ordenador.

the rats

El clímax de la película tiene lugar en una piscina llena de ratas chillonas generadas por ordenador.

Lo peor de la película es paradójicamente lo mejor de ésta, como su estética cutre de principios de los noventa –a pesar de ser de 2002- o algunos gadgets rídiculos que emplean los personajes para investigar la invasión de ratas y terminar con ellas. También cuenta con algunos momentos destacables, como primeros planos a los ojillos vengativos de uno de los roedores, las ratas devorando a un señor que ha tratado mal a una de ellas o el glorioso clímax, que tiene lugar en una piscina llena de miles de animalillos chillones. A pesar de todo ello, Ratas en Manhattan es dura de ver. Tiene poco ritmo, la trama tiene demasiados diálogos innecesarios y se hace aburrida. Y si hay algo imperdonable para una película no es que sea mala, es que sea aburrida.

Título original: The rats

Año: 2002

Ficha en IMDb

Las entrañas podridas de la ciudad

11 Jun

El protagonista de la película, interpretado por Bradley Cooper, se aferra a su cámara de fotos conmocionado por los horrores que acaba de contemplar en el metro: un asesinato y la pésima traducción de “Stand clear of doors” por “Soporte claro de puertas”.

Las películas que exploran la fascinación por observar e inmortalizar un crimen a través de la fotografía o el vídeo son casi un subgénero del cine de suspense y de terror, con ejemplos tan célebres como La ventana indiscreta, Peeping Tom o Tesis. A primera vista, El vagón de la muerte (Midnight Meat Train), que narra cómo un fotógrafo descubre por azar en el metro a un posible asesino y se obsesiona con él, podría ir por la misma senda. Sin embargo, pertenece más bien al subgénero de personaje normal que comienza a hacer sinsentidos como perseguir por su cuenta a un villano y por el camino descubre que cuenta con magníficas cualidades deductivas y físicas, un tipo de argumento también muy célebre en el cine de terror y suspense.

Otro aspecto que llama a engaño es que en las reseñas se hable de un “fotógrafo neoyorquino”. El metro de Nueva York es antiguo, estrecho y laberíntico. Está sucio y en mal estado y cuenta con estaciones abandonadas. Funciona las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, por lo que ciertas estaciones a ciertas horas tienen un ambiente poco recomendable. Es un escenario excelente para una trama de terror, pero cualquier sistema de metro lo es por lo que tiene de simbólico: evoca una suerte de descenso a los infiernos, a las entrañas podridas de la ciudad. Quizá por ello, porque cualquier metro es un buen escenario y porque rodar en el de Los Ángeles resultaba mucho más barato, los responsables de la película decidieron trasladarse a la otra costa.

Sin embargo, El vagón de la muerte juega a la ambigüedad: la ciudad no se nombra y aparecen algunas referencias al metro neoyorquino, como la existencia de trenes locales y exprés o el abandono de la City Hall Station. Pero con las estaciones no hay lugar a engaño: al contrario que las de Nueva York, las que aparecen en la película son nuevas y grandes. Éstas le sientan muy bien a la historia, ya que tienen un tono moderno, limpio y aséptico, como de sala de disección o de depósito de cadáveres, que encaja estupendamente con el “meat train” que el título en inglés anticipaba.

Las estaciones faraónicas de Los Ángeles.

Gracias a detalles como ése, la atmósfera resulta algo obvia pero está muy bien conseguida. La mayor parte de la cinta transcurre en interiores claustrofóbicos, en habitaciones que evocan los vagones del subterráneo al contar con ventanas que dejan pasar una luz fría y mortecina. Se nota que cuenta con profesionales y dinero. Es una lástima que los personajes estén mal construidos y que la trama avance dando bandazos. Además, la historia no se deja ningún cliché: está el asesino frío y meticuloso, el policía incrédulo, el protagonista curioso que se mete en problemas, su preocupada novia, su amigo fiel y un cocinero del bar al que acuden, que sirve para meter con calzador un par de momentos cómicos.

El vagón de la muerte circula por esas vías durante la mayor parte de su metraje, por lo que era de esperar un final previsible y manido como el resto. Para el pasmo del espectador, da un sorprendente giro en los últimos minutos. Un giro tan arriesgado, desvergonzado y rocambolesco que aunque no salva la película –es insalvable- sí que nos hace sentir algo de respeto hacia un cineasta que se atreve a terminar su obra de ese modo. 

Título original: Midnight Meat Train

Año: 2008

Ficha en IMDb